Ya
decía Julio Cesar: “Beati Hispani
quibus bibere vivere est”, algo así como “Afortunados Hispanos para
quienes beber es vivir”. Por un lado, Julio se reía de los hispanos (y sus
descendientes) que al hablar no distinguen entre el sonido /b/ de la /v/ (que
para ellos tiraba hacia la /f/), vamos, que para los locos romanos en aquellos
tiempos no sabían si vivíamos en Numancia o si por el contrario
nos bebíamos un Numanthia.
Lo que si tenían claro es que
nos gustaba el morapio y algo tenía que tener aquel vino cuando ya
se lo llevaban para Roma en galeras.
Pasan los siglos y seguimos
sacándole cantares al vino, lo hemos incluido en nuestra cultura, en nuestra
dieta, en nuestra vida. Pero este idilio puede tener los días contados.
Llevo tiempo leyendo multitud
de noticias de cómo está bajando el consumo de vino en España, aportando
razones muy sesudas, otras muy peregrinas, razones con las que se puede estar
en mayor o menor acuerdo, pero las experiencias que he tenido y que me han
contado últimamente, me indican que las razones son más simples y abundantes de
lo que muchos informes oficiales y oficiosos puedan dar.
Tampoco soy un experto ni
pretendo ser un Charlon Heston iluminando a su pueblo, ni tampoco creo que sea
cuestión de dar el peñazo, al menos de una tacada, pero creo que es un tema
interesante que lo podemos llevar por partes.
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| Tranquilos, que esto yo lo convierto en vino... |
Hará cosa de un mes, pongamos
uno de esos raros viernes que libro, un viernes por la noche por el centro de
Sevilla, temperatura agradable, terrazas (o veladores) hasta las trancas y una
compañía más que agradable. Nos dirigimos a un bar/taberna que me han
recomendado por sus tapas y sus vinos, ya os digo, pleno centro, al lado de la
Plaza Nueva. Me comentaron que había pocos vinos, pero buenos y baratos, todo
me hacía pensar que pasaríamos un buen rato y con un poco de suerte me ayudaría
a crear alguna entrada del blog, y vaya
si me está ayudando.
No hacemos más que sentarnos
en el velador y nos sale al paso un gracioso camarero que nos da la carta de la
comida (“todo está bueno”), nos relata esos platos fuera de carta y
comienza el diálogo de la anésdota:
- - Jóvenes, ¿para beber?
- - Un agquarius de limón (sin hielo), un tinto de
verano con naranja y para mí un tinto ¿qué tenéis?
- - Rioja y Ribera (piloto de pre-alarma
encendido)
- - Mmmm… vale, pero ¿cuáles?
- - Ya te digo, Rioja y Ribera (bocinas y
campanas activadas)
- - No, si eso lo entiendo, me refiero que vinos,
que marcas…
- - ¡Ah!, pues ni idea (alarma general activada,
arriando botes salvavidas), al fin y al cabo los dos son… lo mismo…(¡¡abandonen
el barco, abandonen el barco!!)
Al final me pedí una cerveza…
Puedo entender que un bar de
barrio donde el trasiego de clientes se
basa en los mismos parroquianos que acuden día a día al mismo sitio, tenga si
acaso un par de vinos socorridos y un peleón para las “mezclas”; pero en
bares-tabernas donde tu clientela se basa en la gente que pasa por delante de
tu puerta, con el agravante de estar en una ciudad que tiene una fuerte
industria en el turismo…, no digo que tengas que tener una cava climatizada con
quince vinos de cinco denominaciones de origen o vinos de la tierra de
distintas crianzas, que sí, que sería genial, pero con tener tres vinos por
copa curiosos, de esos que cuestan a menos de 10€ la botella, que sepas lo que tienes entre las manos, y fundamental, que
respetes al cliente que tienes que tratar, vas sobrado, porque ese cliente te
va a volver cuanto menos, y que te va a enviar más clientes a poco que le
gustes.
Pero vayamos ahora al otro
extremo.
En el barrio nuevo al que nos
hemos mudado, andamos buscando un refugio, un sitio que tomar de referencia a
la hora de salir y que nos sirva para llevar a los amigos a tomar algo cuando
se acerquen por casa (y no haya nada en la nevera). Un día vemos un local que llamaremos
“Las Delicias de Baco”, por hacernos una idea. En la puerta hay a modo
de decoración, toneles (vacios) de importantes bodegas españolas, me daba ganas
de entrar por la puerta y decir aquello de ¡¡Mamá, ya estoy en casa!!. Nos
sentamos en la terraza y el camarero, menos socarrón, inicia el mismo ritual
que el anterior, pero en esta ocasión nos entrega una carta de vinos cuando nos
interesamos por los mismos, una pedazo de carta que incluye a toda la nobleza
de los vinos españoles y una selección de champán francés…La botella de tinto
más asequible a mi bolsillo era un Ribera a 18€ la botella y un Chardonay
andaluz a 12€.
A la vuelta del camarero,
preguntamos si tenían vinos por copas, asustaros: Ribera, Rioja y Rueda.
Escaldado de la experiencia anterior, preguntamos QUE vinos en concreto. “Vino
de la casa” nos dice, “pero se lo voy a consultar en barra”. Bueno,
ya es algo. Finalmente los vinos eran de confianza, así que pedimos un Rueda y
un Ribera. El blanco era correcto, pero el tinto me daba la impresión de que
llevaba al menos 3 días abierto, mal asunto.
Este es el caso contrario al
de antes, una pedazo de carta a unos precios que me puedo permitir una vez cada
cuatro años, o por navidades un año de estos. Si fuera un local en el centro o
de un local con prestigio, puedo entenderlo, pero un local en un barrio
normalito… como que no me cuadra, el vecino que tienes encima, bien se va a
restringir a tomar cervezas o bien te va a dejar como penúltima opción.
Tenemos nuestra primera causa:
no hacen al vino atractivo, no sabemos lo que busca el consumidor habitual o le
imponemos nuestro criterio. De esta forma, es más interesante una cerveza, un
refresco o agua: sabes lo que te vas a encontrar, el precio es más bajo (y más
rentable para el hostelero) y la variedad es menor.
La próxima entrega hablaré
sobre el precio del vino ¿pagamos de más?

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